9 agosto 2026 (1): No hacemos el agosto como solíamos

Por imperativos familiares, y pese a estar jubilado y no depender de ningún calendario laboral impuesto, he retornado a casa tras un julio de veraneo. Mi sorpresa ha sido grande al constatar que mi municipìo de residencia habitual bulle tan repleto de gente como en casi cualquier otro mes del calendario.
Está claro que muchas cosas han cambiado en los últimos años. La temporalidad laboral, las vacaciones fraccionadas (mayormente por el interés de las empresas), la dificultad de simultanear el ocio de los varios trabajadores de cada hogar, la carestía creciente de los desplazamientos y alojamientos frente a unos salarios estancados, la paulatina desaparición de la institución de "el pueblo", a la que se recurría masivamente hace unas pocas décadas y, en fin, la pérdida de derechos de toda índole están limitando la capacidad de los asalariados para tomarse unos días de asueto fuera de su residencia habitual.
Pero pese a la evidencia mencionada contemplo, igualmente asombrado, que los servicios y comercios se hallan bajo mínimos. O sea, que la mayoría de la población que nos quedamos en casa hemos de sobrevivir este mes con una atención reducida, cuando no totalmente inexistente, a nuestras necesidades de toda índole.
Es evidente que el sector terciario no se ha adaptado a los cambios del secundario y de los hábitos socioeconómicos de modo que, desde el mismo, se sigue suponiendo que en agosto escapamos todos con viento fresco (rectifico, a estas alturas de la historia, sahariano) hacia las deseadas playas y montañas. Conjeturo que muchas tiendas no mantienen recursos humanos suficientes para el relevo vacacional, así que cierran este mes y que los clientes se arreglen como puedan. En el caso de los servicios y, en especial, de los públicos, no queda otra que constatar que los derechos de sus contratados y funcionarios se han erosionado en menor medida que en el contexto de otras actividades, de modo que aún mantienen la capacidad de pedirse, y tomarse, un largo tiempo de ocio estival, cuyas fechas ideales de disfrute coinciden este mes, el único prácticamente libre en el calendario académico de los menores y universitarios.
Barrunto que estas inocentes observaciones ponen de manifiesto no solo la decadencia del denominado estado de bienestar, sino la absoluta incapacidad del sistema para paliar mínimamente los daños que el mencionado deterioro de las condiciones de vida infringe a la ciudadanía.
Solo aspiro a que la naturaleza compense en alguna medida estos dislates y, por lo menos, que disfrutemos de un clima más benigno que el que hemos padecido en julio y cesen los terroríficos incendios.

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