8 febrero 2026 (2): Absentismo desbocado
- Javier Garcia
- hace 4 días
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Las bajas laborales están creciendo a ritmo de souffle, y ya se considera uno de los problemas de mayor impacto negativo en lo productivo y lo económico.
Como los hechos son los que son y no se pueden ignorar, habrá que indagar en las causas. Alguno, recurriendo al sentido común, me hablará del envejecimiento de la masa trabajadora que, inevitablemente, incrementa la casuística de todo tipo de enfermedades. Pues creo que va a ser que no porque, aunque no conozco fuente estadística alguna que discrimine por edad los casos de absentismo, sí que llegan a mis oídos ejemplos reales de bajas que desmienten, siquiera a título de indicio, la preponderancia de los mayores entre los incapacitados temporalmente para trabajar.
Creo que las razones de la creciente inasistencia al duro banco no tienen que ver con la cercanía del deceso. En primer lugar, se gana muy poco, así que el personal no está especialmente motivado para cumplir con sus deberes contractuales y cualquier pretexto es bueno para eludir las obligaciones. Más a favor de esta tesis: la baja retribuida puede mejorar la salud económica de algunos teóricos pasivos, porque tal vez cobren la compensación por enfermedad de la Seguridad Social al tiempo que desempeñan una actividad en negro, también retribuida; y a esta indeseable práctica contribuyen críticamente empresarios sin escrúpulos.
La segunda causa es muy próxima a la primera comentada: la enormidad de las jornadas laborales, pero insuficientes salarialmente para subcontratar los deberes familiares, fuerzan a uno de los cónyuges a evadirse de su trabajo para atender a los hijos menores de edad, o a las padres ancianos, cuando las circunstancias lo requieren.
Seguimos con la lista: la pésima calidad de vida de los asalariados es origen de muchas afecciones psíquicas, tales como la depresión o la ansiedad, que implican largo tiempo de inactividad forzada. Esa misma miserable existencia dispara el consumo de agentes psicoactivos tales como el alcohol, los somníferos, la marihuana, la cocaína, la cafeína o los euforizantes sintéticos; causantes todos ellos, a medio y largo plazo, de malestares pasajeros o, lo que es peor, de dependencias de muy difícil superación e innegable impacto sobre la salud tras los años.
Los bajos ingresos y las apreturas económicas disminuyen igualmente la calidad de la alimentación, con el consiguiente aumento de las enfermedades vinculadas a los malos hábitos dietéticos; especialmente si al obligado ahorro de recursos dedicados a la comida se añade que no se dispone de tiempo para comprar y cocinar de modo saludable.
Y termino: la actual debacle sanitaria también contribuye notablemente al aumento de los inactivos coyunturales, porque los enfermos no son atendidos con la inmediatez y eficacia que sus males requieren (ahí está la reciente inoculación de vacunas caducadas), así que con harta frecuencia hay que repetir tratamientos o sobrellevar largos periodos de baja actividad a la espera de una intervención quirúrgica que no llega. Y todo esto sin contar que muchos facultativos, ignorando su responsabilidad social, conceden bajas injustificadas para evitar posibles desencuentros con ciertos pacientes que, con frecuencia creciente, se muestran violentos con los médicos y enfermeros, sobre los que descargan su frustración y malestar de toda índole.
No sería, pues, sorprendente encontrarse con la mayúscula sorpresa de que los asalariados de edad más avanzada, usualmente mejor retribuidos porque cuando ellos se asentaron en el mercado laboral las condiciones de contratación eran mucho mejores, recurren a la baja médica en muchas menos ocasiones que los jóvenes. ¿Por qué? Porque se sienten más realizados y consideran que deben responder adecuadamente a los salarios dignos que perciben, ya no tienen niños pequeños ni personas de edad provecta a su cargo, gozan de mucha mejor salud mental, comen y cocinan pensando en lo que les sienta bien y no ingieren más drogas de las que les receta su médico para combatir las afecciones crónicas propias de la senectud. En definitiva, el caso de los trabajadores maduros muestra que una clase trabajadora mejor retribuida, y atendida en sus necesidades de toda índole, incurriría en el abstencionismo en mucha menor proporción, solo cuando sea estrictamente necesario.
