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1 febrero 2026 (2): Cuando trabajar no permite vivir

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • hace 7 horas
  • 3 Min. de lectura

Se trabaja para vivir, y no se debe vivir para trabajar. Pero lo cierto es que esta sociedad que ha construido el neoliberalismo no permite existir dignamente con dos sueldos (los de la pareja), no digamos con uno solo.

Sin un modelo socioeconómico alternativo, el postcapitalismo hegemónico ha ido dando pasos hacia la total precarización del mercado laboral en todos los países del mundo. La desaparición de la Unión Soviética y del ecosistema del que se denominó socialismo real sirvió para inculcar en la cultura popular la idea de que no existe alternativa viable al sistema imperante. Esa propaganda tramposa, porque comparaba un moribundo con un cadáver para que el primero pareciera saludable, tuvo el efecto deseado; así que menudearon las victorias electorales de quienes apostaban por la desregulación y el empequeñecimiento del estado, y no solo a cargo de partidos formalmente derechistas, sino también de un buen número de socialdemócratas de boquilla que hicieron, han hecho y siguen practicando una política conservadora.

El gobierno de tales títeres del poder ha servido para ahormar la legislación laboral a sus designios. Lo primero que hicieron fue negar la lucha de clases para sustituirla por la lucha de sexos o de géneros, lo que deseéis. En ese contexto la integración masiva de la mujer al trabajo no tuvo lugar como hubiera sido de desear: con ambos miembros de la pareja trabajando solo media jornada e ingresando, cuando menos, lo mismo que anteriormente. Como digo, la irrupción de la mujer en el mercado de trabajo sirvió para abaratar los salarios, de modo que hoy los emolumentos de los dos miembros de la pareja a jornada completa escasamente alcanzan para lo que antes servía uno solo.

Logrado este objetivo la codicia, que es insaciable, vio igualmente inaceptable lo de que hombres y mujeres asalariados cobraran "demasiado" en los países desarrollados; y toleró, cuando no promovió, gigantescos movimientos migratorios desde el tercer mundo al primero con el propósito, claro, de seguir bajando los precios de la mano de obra. Por cierto, que quienes pusieron en marcha la máquina diabólica de deslocalizar trabajadores no saben ahora qué hacer para contener la avalancha de indocumentados que, por supuesto, siguen siendo los obreros preferidos de los mayores abusadores (así que la regularización, ahora noticia, no es tampoco de su gusto).

Por supuesto que estas grandes medidas han venido soportadas en otras coayuvantes de menor entidad. Por ejemplo la complejidad creciente del marco normativo laboral, que dificulta en grado extremo que los contratados compartan problemática y, consiguientemente, que se organicen para demandar lo que les corresponde. Con idéntico fin se han vendido las excelencias de trabajar desde fuera de la empresa, en casa o donde sea, de modo que la gente no puede hacer piña con sus iguales. Con todo ello, y tal vez con la excepción del entorno funcionarial, se ha logrado acabar con los sindicatos, tal y como se entendían hace medio siglo; el trabajador está solo ante la empresa y el contrato social actual se ha tornado abusivo por una de las partes.

Por supuesto que el estado de cosas actual conlleva muchas otras penalidades, como es la implicación de los abuelos en la crianza de los nietos, única forma de hacer económicamente viables las maratonianas jornadas de los padres, o como los hábitos insalubres de unas generaciones que no saben cómo combatir el tremendo estrés que experimentan, siempre pendientes de sus móviles, intermediarios imprescindibles entre los hijos, los progenitores y los numerosos otros necesarios en sus enloquecidas existencias.

 
 
 

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