6 septiembre 2026 (1): Occidente, paraíso de la libertad y garante de la propiedad privada
- Javier Garcia

- hace 5 horas
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Hace tiempo que sabemos que la realidad y el relato tienen poco, o nada, que ver. Durante toda la guerra fría, y yo diría que después también, se nos ha vendido que vivimos como nos da la gana, al contrario de otros pobres mortales que sufren coacciones de toda índole de sus horribles regímenes.
Pero ha llegado el fin de las vacaciones veraniegas (en el sentido literal y figurado). Por enésima vez, con ese fin de fiesta hemos despertado del sueño y vivido la pesadilla de que, también por estos lares, se hace lo que desea el que manda. Y esto es verdad tanto en asuntos de poca monta como cuando se ponen en juego aspectos esenciales del ejercicio de la libertad.
Resulta, queridísimos amigos y paganos de toda clase de tributos que, pese a que apoquinamos un cierto dinerillo por poner nuestros vehículos en la calzada, desde ahora, y por determinados carriles, no vamos a poder circular si vamos solos en el coche (recorte de derechos a sumar a las otras restricciones ya vigentes si nuestro coche es viejo). El argumento, razonabilísimo, es que si lo hacemos ocupamos demasiado sitio y consumimos combustible que no veas. Si a pesar del aviso, incurrimos en esa conducta perversa e insolidaria, se nos multará con 200 € del ala que, imagino, serán muchos más si elevamos la apuesta y reincidimos en la infracción.
Las autoridades han querido ignorar que, en la inmensa mayoría de los casos, el uso individualizado del vehículo particular no es un capricho; de hecho yo, que estoy jubilado y acudo a mi garaje a deshoras para gran parte de sus usuarios, os constato que las plazas de aparcamiento están vacías durante las jornadas laborales y repletas los fines de semana; evidencia de que sus coches sirven mayormente a la perentoria necesidad de llegar al lugar de empleo; al tiempo que compartir se hace prácticamente imposible, dado lo improbable de conocer a alguien que disfrute, o sufra, los mismos lugar y horario de trabajo y, además, viva próximo o realice el mismo recorrido.
Éramos pocos los perjudicados por la anterior restricción a nuestra libertad individual y muchas otras, también menores, quiero decir de parecido pelo, cuando hemos sabido que la abuela presidenta europea ha parido la peregrina propuesta de utilizar nuestros depósitos bancarios para invertirlos en empresas privadas sin que siquiera medie nuestra autorización, y esto ya es una broma de pésimo gusto.
Lo dice una señora que se reunió con el increíble hombre naranja y aceptó que las mismas empresas europeas que ahora tan denodadamente defiende pagaran cuantiosas tasas por comercializar sus productos en la casa del Tío Sam, mientras que las compañías de este nos venden toda clase de porquerías (entre las que destaco armas y aplicaciones digitales) sin soltar ni un solo dólar o euro, como queráis.
Por supuesto que no ha aclarado si los exprimidos ciudadanos vamos a percibir algún dividendo, en el caso de que haya beneficios, o si se nos compensarán, cómo y cuándo, las pérdidas ocasionadas por las inversiones no elegidas por nosotros, si las hubiere. Tampoco nos ha informado de qué sectores se piensa lubricar con nuestro dinerito, no vaya ser que uno destacado sea el de la máquina de matar y nos quiera hacer cómplices involuntarios del sufrimiento de gente inocente que se halle en el lugar errado en el momento equivocado.
Y la cosa no acaba aquí, el Gobierno Español baraja un proyecto de ley para que los nacionales expatriados que compren casas en suelo nacional tengan la obligación de cotizar aquí. Es de esas iniciativas que, como el dios Jano, presenta dos caras: parece una medida ajustada para que los inversionistas en ladrillo (españoles, porque los extranjeros no residentes se van de rositas) paguen lo que deben; pero al tiempo resulta que muchos de los que hoy apoquinan los impuestos en otros lugares del mundo no son apoltronados capitalistas, sino trabajadores por cuenta ajena o autónomos que no han encontrado acomodo en nuestro mercado laboral y ahora se les impone un segundo castigo a añadir al hallarse desubicados, pese a que la compra del inmueble ya es una inyección de dinero en nuestra economía suficientemente notable (la práctica totalidad de la España rural se reconstruyó en los 60 y 70 del siglo pasado merced a los salarios percibidos por los emigrantes en el lugar de su diáspora) y quienes sudan su pan fuera de nuestras fronteras satisfacen la condición que impone el mercado inmobiliario de contar con compradores finales medianamente solventes.
En fin, que estos atropellos, de muy diferentes dimensiones, a nuestro libre albedrío son solo ejemplos entre otros muchos a los que podría haber apelado (mientras termino este artículo se me vienen a la cabeza unos cuantos más) para desenmascarar al sistema. Que lo paséis bien aunque estéis de vuelta del merecido descanso y de todas las tretas del poder para tenernos acojonados y sacarnos hasta las entretelas. Mientras tanto de las grandes fortunas no esperéis aportaciones, ni siquiera ánimos.

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