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15 febrero 2023 (1): Lo que dice la pasión por la forma física sobre el mundo de hoy

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • hace 13 horas
  • 3 Min. de lectura

Los muy jóvenes moldean sus figuras en el gimnasio a golpe de alzar las pesas para resultar más atractivos, los adultos de mediana edad corren con el propósito de que la ansiada juventud no sea un recuerdo difuso y los provectos andamos a todas horas en la confianza de que los pasos nos bajen determinados parámetros sanguíneos e incrementen nuestra esperanza de vida. En un mundo en el que sobran las calorías, escasean las razones inmediatas para ingerirlas o conservarlas, así que nos damos a eso de gastarlas sin necesidad acuciante.

Esto significa que, por vez primera en la historia de la humanidad, el alimento muy energético ha dejado de ser el más importante para la supervivencia, porque el trabajo físico, antes muy necesario para seguir tirando, ha perdido su rol relevante en la acumulación de valor, tanto es así que ha pasado a ser casi prescindible en las sociedades más desarrolladas. No nos debiera sorprender, por tanto, que los abundantes kilos, que antes eran signo de una vida desahogada y una posición socioeconómica privilegiada, son ahora el peso añadido a otras miserias que deben soportar los más desfavorecidos.

Así que hoy no se gana el pan con el sudor de la frente (ni la gente se esfuerza hasta el extremo de rezumar ni su recompensa principal es la harina de trigo horneada), se puede decir que el cuerpo ha caído en desuso como fuente de la renta, siendo esta más dependiente de las conexiones sinápticas y, como por lo menos desde el abandono de la vida errante, de la herencia recibida de nuestros progenitores. Tal vez, esa irrelevancia de lo físico está detrás de la derrota del mundo obrero y sus supuestamente refutadas reivindicaciones por los mantras neoliberales.

Y otra cosa que se aprecia en este culto al cuerpo es que vivimos en una sociedad donde la apariencia gana por goleada a la calidad intrínseca. Así, los seres humanos se miden en centímetros, en lugar de por sus reales capacidades y moral.

He hablado de la vencida clase trabajadora, pero también aventuro la defenestración de los enemigos de la sexualización, dada la importancia creciente de la estética para alcanzar el éxito en la vida, se elija la vía hacia la prosperidad que se elija.

Percibo también la decadencia, más paulatina, de la comida como fuente de placer, para ser sustituida por la alimentación controlada con el propósito de poseer una figura apolínea y gozar de un estado plenamente saludable.

Pero todo esto tiene un fallo, que el trabajo fundado en las capacidades del sistema nervioso también es físico, todo lo es, y el cerebro se deteriora tan rápida y evidentemente como el cuerpo, cuando es sometido a un gran estrés. Hemos inaugurado el tiempo de la ininterrumpida pandemia protagonizada por los padecimientos psíquicos, y la mejora del estado físico no siempre conlleva el bienestar mental.

Claro que tales evidencias han puesto en marcha otra prometedora industria: la que supuestamente ayuda a la salud de la mente. Así, proliferan el yoga, el mindfulness y un sinfín de técnicas más que nos prometen paliar el uso desmedido de los sesos. Reparad en que todas las recetas en boga se proponen en el marco de la pseudo ciencia y de un aislante individualismo que, creo, es la causa del problema y no la solución. Y lo peor es que ya no tiene sentido cazar en grupo, ni siquiera parece que se consiga demasiado reivindicando mejores condiciones de trabajo organizados sindicalmente.


 
 
 

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