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4 enero 2026 (1): El conflicto de Ucrania en bucle

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 4 ene
  • 2 Min. de lectura

Una llamada de teléfono de Trump a Putin y un encuentro personal del primero con Zelenski en Florida no parece que hayan allanado las cosas en el proceloso camino hacia la paz de la estepa. Porque, mientras tanto, los drones ucranios han intentado alcanzar una de las residencias del más alto mandatario ruso al tiempo que el bando oriental mantiene los objetivos de la "operación especial", ahora con el misil hipersónico Oréshnik desplegado, y los países de Europa Occidental siguen amagando con enviar a Ucrania un ejército para, supuestamente, servir de garantía tras un hipotético alto el fuego.

Está claro que, por el momento, ninguno de los bandos enfrentados desiste de sus objetivos maximalistas, bien por el empecinamiento de su élite dirigente, bien por culpa de la injerencia de potencias no tan ajenas a la confrontación como les gusta mostrarse (sin ir más lejos, la UE ha destinado un presupuesto militar de 90.000 millones de euros para Ucrania antes de finalizar el ya pasado año).

Así que empieza 2026 tal como lo hizo el 2025, a la espera del agotamiento, militar, económico o del estado de opinión de la población en alguno de estos enemigos irreconciliables (única forma de que se despierte de esta pesadilla).

Para mí está claro que la prolongación sine die de esta guerra no es sino la consecuencia de esa nueva contienda entre las potencias occidentales y orientales del mundo en su recién estrenado orden, no muy diferente del que regía durante la denominada guerra fría, que también se manifestó bien caliente en determinados lugares y tiempos. Como entonces, los que van a perder son los dañados colateralmente, ya sabéis, la carne de cañón, que la ponen los inocentes con los que se ha decidido experimentar las nuevas armas y los recién estrenados medios electrónicos y espaciales.

Solo tengo la esperanza de que, cuando no quede otra que la involucración de la población sacrosanta de las metrópolis, a algunos les tiemblen las piernas por la indignación de sus sostenes políticos, económicos y populares, de modo que no les quede otra que plegar y esperar a la siguiente oportunidad para poner el mundo patas arriba.

 
 
 

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