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25 enero 2026 (3): En Euskadi también somos hijos de Adán y Eva y portamos el estigma del pecado original de la corrupción, como todos los demás

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 25 ene
  • 2 Min. de lectura

La corrupción es endémica en España, pero los vascos creíamos, o queríamos creer, que éramos una excepción. El denominado caso "palacete" de Getxo, que ha explotado hace un tiempo y que, de momento, se sustancia con el procesamiento de seis personas por aparentes delitos de prevaricación y contra el patrimonio, nos recuerda nuestra humilde condición de humanos, mayormente descendientes de los invasores neolíticos que trajeron, junto con la maravillosa agricultura, ese apego enfermizo por la tierra y las propiedades inmuebles.

Es el caso que una construcción protegida por la ley por su valor histórico-artístico fue demolida precipitadamente y contra normativa con el propósito de levantar doce viviendas de lujo en el solar resultante. El desafuero fue posible por el dictamen positivo de tres altos técnicos de urbanismo del ayuntamiento y por el posible interés bastardo de otros tres concejales, curiosamente dos de ellos pareja y socios de la cooperativa constructora inmobiliaria, beneficiaria de la decisión, y el tercero responsable de la disciplina urbanística. Los seis protagonistas del affaire acaban de ser imputados oficialmente porque la jueza competente observa suficientes indicios de delito.

Con independencia de la culpa que se oficialice ante los tribunales, es plausible intuir que este no puede ser un caso aislado, y que el intercambio de favores entre el sector del ladrillo y los cargos políticos es aquí tan habitual como en el resto de las comunidades autónomas; por lo que cabe concluir que esta es solo la punta del iceberg de un mal sistémico que ha podido crecer por el silencio exigido al calor de la conveniencia de los pactos políticos de "no agresión", que han configurado durante décadas el poder legislativo y ejecutivo en Euskadi a las escalas municipal, provincial y vasca.

Como a la Tierra y al propio ser humano, al vasco le llegó la hora de perder su vinculación con los supuestos ancestros del paleolítico y hoy la centralidad de un universo armónico y perfectísimo. Somos el resultado tanto de la necesidad como del azar; el caos es nuestro predecesor y nuestra sangre es tan roja como la de los demás. Apliquemos los controles debidos para que los desaprensivos, que los hay en toda tierra de legumbres, lo tengan más difícil y respondan de sus delitos.


 
 
 

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