29 marzo 2026 (2): Dios o el hombre
- Javier Garcia

- hace 2 horas
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Esta semana hemos despedido a Noelia Castillo, parapléjica, que cumplía en todos sus puntos la condición de padecer un sufrimiento grave, crónico e imposibilitante para que le fuera administrada la eutanasia que, mucho tiempo ha, había implorado.
El retraso en el ejercicio de su derecho a interrumpir su existencia se ha debido a los recursos judiciales, interpuestos por su familia y una conocida organización católica de juristas, contra la evidencia de que reunía los requisitos para demandar su muerte y era mayor de edad para adoptar sus propias decisiones. Y esto era así de evidente con independencia de que otras personas, en sus mismas circunstancias, hubieran optado por seguir viviendo.
El debate de fondo es estrictamente ideológico. Para la ley que la mayoría de la ciudadanía nos hemos dado, las personas somos propietarias de nuestro cuerpo, y disponemos de toda la capacidad de decisión a la hora de interrumpir o no nuestra vida. Para los cristianos, sin embargo, la existencia es propiedad intransferible de la deidad.
Por supuesto que nadie está obligado a emplear los recursos legales a la disposición de todos, si los rechaza por cualquiera que sea su convicción; lo que no es de recibo es que alguien ajeno al problema limite la capacidad de decisión de un tercero, elevando sus creencias a la categoría de leyes universales. Y, desgraciadamente, no es solo ante la eutanasia que los intransigentes se oponen con los poderosos recursos de que disponen; el aborto, y hasta el divorcio, todavía son objeto de su feroz intento de imposición.
Como siempre que hablo de estas cuestiones tan evidentes, lo que me sorprende e indigna es que todavía se suscite la polémica al respecto. Los practicantes religiosos se resisten a admitir que su confesión pertenece al ámbito estrictamente privado y que en una democracia el estado no se puede regir por unas determinadas creencias, elevadas a la condición de normas oficiales de obligado cumplimiento.
El día que estos casos no aparezcan en las portadas periodísticas habremos dado otro paso hacia la modernidad inevitable.

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