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27 julio 2025 (2): La ley del mínimo esfuerzo

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 27 jul
  • 2 Min. de lectura

Acaba de dimitir una vicesecretaria y parlamentaria del PP porque, como Groucho Marx, que tenía unos principios pero si no te gustaban disponía de otros, ella manejaba variados curricula, según la instancia a la que concurría, sin que hubiera uno que respondiera a la verdad. Como hiperbólico estrambote de semejante poema a la ignorancia osada, la tal, sin titulación alguna, impartía no se sabe qué, porque ahora desmienten que fuera profesora, en una de esas “universidades” privadas donde se venden títulos al peso.

Ya lo dijo el Arcipreste de Hita: “Fasía muchos clérigos y muchos ordenados, muchos monjes y monjas, religiosos sagrados, el dinero los dava por bien examinados, a los pobres desían, que no eran letrados”. Y en esas estamos: se ahoga económicamente a la más exigente enseñanza pública mientras se otorgan licencias para abrir empresas dedicadas a la educación de los pudientes (me resisto a calificarlas de universidades) que, así, sin demasiado esfuerzo y escaso caletre, les sobra a los nuevos nobles para lucir un despampanante doble grado que justifica su inmediato nombramiento de altos ejecutivos en los negocios de sus papás.

Esta es, queridos amigos, la revolución de las derechas: entronizar la ignorancia y limitar el mérito a ser “hijo de”. Para, por supuesto, solo ser capaces del simple ejercicio de mover libremente sus dineros sin que ninguna regulación fruste el negocio o exija apoquinar las debidas tasas. ¡Muera el estado! (Perdón, que se mantenga pequeñito con los impuestos devengados por los trabajadores para el mantenimiento de jueces, policías y militares; no vaya a ser que la plebe se canse de la nobleza de sangre y ose equiparar el rojo con el azul).

Termino volviendo a la dimitida, porque es de las que piensan que la mejor defensa es un buen ataque, y ha señalado a algunos socialistas preguntándoles qué títulos ostentan; omitiendo que no se la censura por no poseer graduaciones universitarias, sino por no decir la verdad al respecto. En cualquier caso, la falta de otros no excusa la propia. ¡Ah! Esta supuesta víctima de las habladurías no tiene mucho de qué quejarse: ya tiene trabajo de contertulia en un conocido programa de televisión; como para creerse lo que ahí cuente.


 
 
 

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