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22 septiembre 2024 (1): Cortoplacismo a tutiplé

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 22 sept 2024
  • 2 Min. de lectura

La principal razón de la inviabilidad del capitalismo como fórmula económica de funcionamiento indefinido de las sociedades humanas es su incapacidad para planificar a largo plazo. El origen de tal problema es que el ánimo de lucro es personal y, como mucho, puede involucrar como beneficiarios a los descendientes más inmediatos, así que la acumulación de patrimonio no puede esperar demasiado ni es posible reparar en los inconvenientes que pueden generarse por lo que ahora ganamos en un horizonte temporal lejano. Esos defectos sistémicos del orden impuesto son hoy más patentes que nunca, porque se manifiestan en asuntos tan relevantes como la incapacidad para frenar el cambio climático o detener la extinción de especies que estamos generando.

Con ser esas las principales contraindicaciones de la falta de previsión intrínseca del capitalismo, el mal también se extiende a la microeconomía, porque los capitalistas saben que sus beneficios, resultado de la extracción de la plusvalía del trabajo, pasan en buena medida por la precariedad y ausencia de futuro de los asalariados. Después de la Segunda Guerra Mundial, y durante unas pocas décadas, renunciaron en buena medida a la temporalidad para poder convencer a nuestras sociedades de un estado del bienestar que nunca fue. Desaparecido el paradigma colectivista con el que había que competir, se han quitado las máscaras, ya no es necesario fingir, al trabajador hay que pagarle lo menos posible mediante contratos breves, por unas pocas horas, si puede ser.

Y en esas estamos, con una juventud condenada a vagar de un empleo de mierda a otro quizás peor que, para mayor recochineo, exigen de grandes desplazamientos, diarios o permanentes. Pero el sistema, para ser estable, también ha de protegerse del descontento, de la protesta y, sobre todo, de la revuelta; así que lleva décadas con su aparato de alienar trabajando a toda máquina; se han inventado la autoayuda, con la que nos intentan convencer de que nuestra lamentable vida es de nuestra exclusiva y personal responsabilidad, de que lo mejor es vivir el momento, sin dar espacio a la planificación del mañana y de que ese continuo peregrinar de un puesto de trabajo a otro es el camino ineludible hacia el éxito profesional.

No es de extrañar que, por todo esto, sobrevengan otros males bien conocidos: la baja natalidad (la decisión de tener hijos exige de un mínimo de estabilidad), la crisis de los mercados de los bienes más costosos, como la vivienda y el vehículo propio, el exceso de peso del ocio y el turismo (válvulas de escape de las que el sistema no puede prescindir y también espera gran rentabilidad) y hasta la inestabilidad de la vida en pareja, de la familia y del círculo de amistades.

Acompañan a todo esto unos decrecientes espíritu crítico y formación porque, en este imperio de lo efímero, la lectura enjundiosa se ha sustituido por la compartición de mensajes inanes en las redes sociales. Ahora importa más conocer la vida poco modélica de cuatro descerebrados, elevados a los altares de la estupidez colectiva, que estar al día de lo que realmente ocurre en el mundo.

En fin, que no levanto cabeza, y no hago sino transmitiros, una semana sí y la siguiente también, mi impresión de que esto se va a la mierda con estrépito.


 
 
 

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