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18 enero 2026 (1): Se desprecia a los maestros

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 18 ene
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 25 ene

En una encuesta que ha interrogado a más de 13.000 profesores españoles ha quedado bien clara la extrema dificultad de su tarea en las condiciones actuales: agresiones verbales y físicas por parte de los alumnos y de los padres, demasiado número de discentes en las aulas, excesivas horas de clase... Hasta el punto de que muchos mostraban preocupación por su salud, al tiempo de que alertaban sobre la quiebra de la vocación docente y el más que evidente fracaso del proceso formativo, como ya muestran los pobres resultados de las pruebas comparativas del conocimiento de nuestros niños y adolescentes.

Este descalabro del sistema educativo no nos debe ser indiferente. La ignorancia es la antesala de la barbarie, y no sé si ya hemos traspasado el umbral entre ambas. Las razones son... muchas y variadas; yo pondría en primer lugar al desprecio que siente el sistema neoliberal por la educación para todos, de modo que tanto los centros públicos como los concertados representan un gasto indeseable que recortar en la medida de lo posible, reservando la enseñanza de calidad para aquellos que pueden pagar los disparatados costes de la opción privadísima. Eso en primaria y secundaria, para la educación superior la fórmula se invierte: no importa que los conocimientos impartidos sean una mierda, lo verdaderamente relevante es el prestigio de la institución, resultado de una buena propaganda, y el valor que el sistema otorga a sus títulos, aunque estos se vendan y se compren al mejor postor.

Una segunda razón que explica el proceso destructivo en el que ha entrado la educación más popular es la errada interpretación que numerosos progresistas hacen del concepto de igualdad: no se ha de pretender llevar a todos los alumnos al mismo nivel de conocimientos, sino proporcionar a los más modestos las mismas posibilidades de formación que a los acaudalados. Una variante que acompleja aún más esa persecución de las mismas oportunidades es la irrupción de un colectivo de migrantes que llegan a los centros con el handicap de no dominar nuestras lenguas; pero la solución a sus problemas pasa por dedicar medios y recursos humanos a que quemen etapas previas de acomodo a gran velocidad, no por ralentizar el ritmo general de las clases, de modo que quienes salen más perjudicados son los alumnos más brillantes.

La tercera causa del naufragio educativo es la permisividad de las conductas intolerables y la devaluación de la condición del profesor hasta ponerla por debajo de la de cualquier mastuerzo que ocupa los pupitres que teóricamente comanda o la de los padres de los tales que solo calientan el asiento, más preocupados por que el niño o, más frecuentemente, el adolescente, se salga siempre con la suya que por que goce de una educación de aceptable nivel.

La cuarta culpable de la crisis actual es la defenestración de la lengua y de las asignaturas humanistas, arrinconadas en favor de una formación supuestamente utilitarista que ignora la relevancia de la lectura y la escritura en el desarrollo de la capacidad para comprender el resto de las disciplinas. Insisto en el peso cultural que tienen, y siempre tendrán, las lenguas clásicas y la filosofía para madurar seres humanos capaces de pensar por sí mismos. Frente a ese desprecio de lo importante, se les concede una relevancia excesiva a los idiomas modernos que no son la lengua madre de los discentes; ignorando una verdad de perogrullo: quien no domina su propia habla difícilmente puede mostrar agilidad expresándose en otra, por muy dominante que se considere en el mundo actual.

Y la quinta plaga educativa, ¡ay la quinta!, es la ubicua digitalización. No se ha ganado nada sustituyendo libros y cuadernos por tablets y ordenadores y, menos, permitiendo la invasión de las aulas por los dichosos móviles. Todo lo contrario, la lectura y la escritura de siempre están íntimamente relacionadas con funciones cerebrales superiores, insustituibles por las suscitadas con el uso de los teclados. Peor aún, la tolerancia con esos diabólicos aparatitos ha distraído al alumnado de su aprendizaje más que ninguna otra circunstancia en la historia de la enseñanza y extendido el fraude en los exámenes hasta niveles insoportables.

Va a ser muy difícil combatir a los mencionados jinetes del apocalipsis cultural, porque cabalgan entre las huestes de los poderosos que, por si lo habíamos ignorado, siempre han visto con inquietud la formación de los menesterosos, si es que no son imbéciles y temen y envidian a los que tienen caletre.


 
 
 

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