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17 agosto 2025 (2): La comida basura, esa que cabalga sobre el eufemismo de rápida, no es una moda

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 17 ago
  • 2 Min. de lectura

Dietistas, médicos, sociólogos, psicólogos y hasta psiquiatras creen pertinente combatir las terribles consecuencias de ingerir calorías, vacías o insanas, en la forma de dulces sintéticos, pizzas estilo yanki, hamburguesas y otras varias fritangas de pésima calidad (preciso que las buenas pizzas italianas no tienen nada que ver con este listado de los horrores gastronómicos).

Desgraciadamente no son esos profesionales quienes tienen la capacidad de combatir la pandemia desatada por comer tales porquerías. Lo cierto es que los mencionados alimentos (si así se les puede calificar) se consumen masivamente no por sus cualidades organolépticas o nutricionales sino porque son baratos y te los hacen y los tienes disponibles en un pis pas, lo mismo en la calle que enviados a casa, sin prácticamente costes adicionales.

Que sean económicos y los puedas ingerir casi inmediatamente después de desearlos, sin tener que hacértelos, constituyen una oferta a la que la desquiciada y menesterosa sociedad actual no puede decir que no.

Efectivamente, porque sus consumidores son pobres, en dinero y en tiempo, y no se pueden gastar las horas y el pecunio de los que carecen en comer. La mayoría de los nuevos hogares están encabezados por una pareja en la que ambos deben afrontar maratonianas jornadas laborales a las que, en muchísimas ocasiones, hay que sumar larguísimos desplazamientos de ida y vuelta al trabajo. Y todo ello para sumar entre ambos escuálidos ingresos con los que se sobrevive precariamente, con frecuencia entre cuatro paredes, grotescamente cercanas las unas de las otras, así que también sin demasiado espacio para cocinar.

Estos infortunados no disponen de efectivo como para comprar saludables frutas, nutritivas carnes o imponentes pescados, y tampoco cuentan con más que unos pocos minutos para preparar sus menús. ¿Y los niños? Los niños devoran lo que los padres o el horroroso cattering de la escuela les proporcionan; no lo que aconseja la salubridad a esas tiernas edades.

Así que el problema no es de malos hábitos, y médicos y demás parentela profesional, dedicada a escudriñar y recomponer la individualidad, poco pueden hacer al respecto. Es la economía y la política las que han conducido a esta penosa situación. Yo diría más, esta forma desordenada de ingerir algo que sostenga de pie a los trabajadores a muy bajo coste le viene de perillas al maldito sistema que nos gobierna: permite engañar el hambre cobrando una mierda de sueldos, trabajar sin apenas interrupciones y atender a la familia sin casi dedicarle tiempo. Y termino con otra gran ventaja que la alimentación venenosa tiene: mantiene vivos a los esclavos solo durante los años en que son realmente productivos; para la economía de los adinerados es fantástico que las máquinas humanas gripen antes de alcanzar la sesentena y representen una carga, por su consumo excesivo para un escaso rendimiento y sus frecuentes averías.


 
 
 

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