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16 noviembre 2025 (1): Lo que dice la alimentación del mundo de hoy

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 16 nov
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 23 nov

Comienzo con este artículo una serie dedicada a analizar las corrientes sociales, políticas y económicas que preponderan en el mundo de hoy en base a observar aspectos relevantes de la vida cotidiana. Doy inicio a estas reflexiones, dicho sea de paso, paridas sin demasiada reflexión, con la alimentación.

Que no comemos como hace medio o tres cuartos de siglo es evidente. De un lado, y para bien, pero tal vez con un coste medioambiental que no sabemos si podemos pagar, ha desaparecido la temporalidad de los alimentos. Se acabó eso de tener que hacer las ensaladas con escarola, en vez de con lechuga, en la época invernal, o de esperar a la primavera, o al verano tardío, para degustar delicias como las fresas, las cerezas o las uvas; ahora se cultiva en invernaderos y los productos más exóticos nos los traen desde donde sea en cualquier momento del año.

Igualmente ha aumentado drásticamente la contribución a la dieta de los productos animales, muy especialmente la carne de vacuno; también pagando un tributo medioambiental no sé si asequible.

En general ha crecido el consumo per capita de grasas saturadas, con trágicas consecuencias en la salud circulatoria y en el crecimiento explosivo de los casos de cáncer; también el de otras calorías vacías, es el caso de la ubicuidad de los azúcares, causantes de la pandemia de la obesidad y los subsequentes síndromes metabólicos, que hoy asuelan a las clases más bajas.

Por contra ha disminuido la contribución a la dieta de las frutas frescas, generándose serios déficits vitamínicos por esta razón, de las verduras y del pescado, lo que redunda en una escasez de fibra, minerales y grasas insaturadas saludables en lo que ingiere la población referente.

Este cambio en la proporción de los distintos alimentos consumidos viene de la mano de los condicionantes socioeconómicos, porque en los hogares de hoy escasea el dinero y el tiempo para dedicarlos a comprar y cocinar, y la gente echa mano de la comida rápida o basura, precocinada o totalmente preparada; que, claro, si pretendemos pagar por ella lo mismo que si hubiéramos adquirido los ingredientes en las tiendas de cada ramo y guisado en nuestra cocina, es seguro que comeremos algo con una calidad netamente por debajo de la que disfrutaríamos si nos hubiéramos puesto a ello y hubiéramos invertido algo más.

Añado que a la falta de tiempo hay que sumar una inconfesable pereza de los consumidores por desempeñar las tareas domésticas. Quizás porque la calidad de vida ha descendido de manera más que apreciable y muchos jóvenes ven en el servicio alimenticio completo una cierta válvula de escape a su precaria situación económica y la escasa disponibilidad de tiempo libre. Eso por no hablar del impacto de las nefastas modas dietéticas importadas del mundo anglosajón, quizás la cultura mundial menos preocupada por el papel de la comida en la vida y la felicidad de la gente.


 
 
 

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