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12 octubre 2025 (1): El Everest de la estupidez humana

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • 12 oct
  • 2 Min. de lectura

Hace una semana que casi unas mil personas se vieron atrapadas por una ventisca en las faldas orientales del Everest, tan concurrido por estas fechas como unos grandes almacenes de postín al inicio de las rebajas.

La noticia suscita mi reflexión porque me las doy de montañero y sé cuál es la densidad de paseantes habitual los días laborables por las cimas que frecuento: una o dos personas por hora de sendero (y, me temo, quizás esté engordando la cifra). La cosa tiene su aquel, porque resulta que mis objetivos más elevados están a poco más de 1.500 metros sobre el nivel del mar y la aproximación a sus "campamentos bases" (o sea, los bares y aparcamientos a pie de carretera y cercanos a los caminos a emprender) la finiquito en una hora de conducción, normalmente menos tiempo.

¿Qué extraño fenómeno explica que mientras las cumbres accesibles, pero no nos equivoquemos, retadoras para las fuerzas de una mayoría de personas, lucen una apasionante soledad, el lugar más elevado de la Tierra se muestra tan abarrotado de escaladores que está seriamente amenazado por los residuos y la destrucción del medio? La aparente paradoja se diluye ante la evidente idiotez de los hombres y, más particularmente, de aquellos que, muy acomodados y exitosos, se creen capaces de todo, apuntalados, eso sí, por sus engordadas cuentas corrientes.

Efectivamente, en algún lugar he leído que "que te suban" al techo del mundo (es lo que realmente ocurre) cuesta unos 60.000 €, a los que habría que sumar el viaje de ida y vuelta a Katmandú y los hoteles y cuchipandas inmediatamente antes y, sobre todo, después de la "gesta".

O sea, que la conquista del punto más elevado del planeta es cosa de los hechos a sí mismos, es decir, de los herederos de un gran patrimonio. Alcanzar la cúspide del Everest a las espaldas de un sherpa tiene el mismo mérito que llegar a ser director general de la empresa de papá y presentador de televisión o periodista de pro, si los predecesores también lo han sido; cosas, todas ellas, de "nepo babies".

Yo me conformo cada vez con menos "performances", dada mi condición física menguada y menguante; pero solo me sirvo de una vara de avellano como apoyo (obsequio de un compañero de cuestas y de su mañoso padre) y, en vez de a las botellas de oxígeno, recurro a las que contienen un buen tinto para recuperar las fuerzas.

 
 
 

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