1 noviembre 2026 (4): La sucesión de muy graves accidentes no puede ser accidental

Como ya me ha ocurrido en alguna otra ocasión reciente, debo llegar hasta el cuarto artículo semanal porque la tragedia protagonizada por el choque de dos convoyes de alta velocidad en la provincia de Toledo plantea cuestiones ineludibles.
Disculpadme si no ahondo en el caso concreto más allá, obviamente, de lamentar las terribles pérdidas humanas y el dolor de sus seres queridos, porque lo que aquí pretendo es reflexionar acerca de la que estimo desmesurada siniestralidad de este medio de transporte desde su puesta en operación en 1992.
Siempre se ha dicho que el tren es el medio de transporte más seguro, así que su alternativa de alta velocidad debería confirmar esa convicción, supongo que fundada en la estadística acumulada hasta tiempos muy recientes. Sospecho, sin embargo, que el cociente entre víctimas mortales y número de pasajeros totales de los TAVs en España no es mejor que el del transporte aéreo en el mismo periodo de tiempo, contado a partir del mencionado 1992 hasta hoy mismo (si alguien puede proporcionarme tales cifras contribuiría críticamente a este debate), ya que solo recuerdo el infausto despegue de Spanair en Barajas en el debe de la aviación frente a los terribles accidentes de Angrois, Adamuz y, ahora, Urda.
Como todas las grandes desgracias, la que nos ocupa es multi causal. En primer lugar diría que la obsesión de Bruselas por la libre competencia ha contribuido a la tragedia, porque se exigió que Renfe tuviera competencia de otras empresas europeas, lo que, tal vez, haya saturado el servicio por encima de las capacidades de las infraestructuras existentes. También los sucesivos gobiernos españoles, de todos los colores políticos, quedan retratados, porque la alta velocidad tiene más de treinta años y, sospecho, que está muy necesitada de cierta actualización y mejora, sin que ninguno de ellos se haya preocupado lo necesario de tal urgencia (los destinos y el número de trenes son múltiplos elevados de los que comenzaron a emplear la vía afectada). Sumo a la larga lista de culpables los proveedores de los software y hardware de control del tráfico y sus gestores, que han salido trágicamente retratados en los siniestros del último año. También culpabilizo a Adif, como máximo responsable de la gestión de la red ferroviaria y a los proveedores y usuarios del material rodante, cuyas deficiencias y fallos frecuentes, ocasionados por defectos de diseño o mal mantenimiento, tensionan al resto de los elementos vinculados a la seguridad de los convoyes. Y termino: seguro que también ha de reprocharse el increíble fallo en el que parece que han incurrido los controladores involucrados (me da pena el hombre más directamente señalado, va a cargar con todo el peso de la responsabilidad él solito, los otros coadyuvantes que he mencionado saldrán de rositas).
Espero que a la tercera vaya la vencida y se meta mano a esta infraestructura crítica. Y, por cierto, ¿qué hay del mantenimiento y mejora de la red ferroviaria convencional?

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