27 septiembre 2026 (4): Enfrentamiento dialéctico o guerra química

No suele ser mi hábito abrumaros con nada menos que cuatro artículos semanales, pero es que el jueves pasado, cuando creía haber ultimado las publicaciones de esta semana, una señora, legisladora y policía, llevó al Congreso de los Diputados un spray de gas pimienta para, según ella, quejarse de la precaria seguridad en medio de la que viven los ciudadanos de Ceuta.
Apercibida por portar arma (así se califica con toda la razón al mencionado artefacto en sede parlamentaria) salió del hemiciclo y entregó el tóxico a un trabajador de su partido que, según su versión, llevó el dispositivo defensivo, u ofensivo, a los lavabos de las instalaciones para... limpiarlo (se supone que porque había emitido parte de su irritante contenido, aunque no hallo publicada la causa). El resultado del incidente, vamos a desear que solo fuera una imprudencia, afectó a doce personas, que tuvieron que ser atendidas por los servicios médicos.
En el mejor de los casos para ella, la parlamentaria señalada violó gravemente la normativa de la sede de la voluntad popular. El Parlamento, señoras y señores aforados, es un lugar para confrontar ideas y proyectos, es decir, para sustanciar discrepancias ideológicas y debatir propuestas ejecutivas con el único recurso de la palabra (educada, por cierto, porque aunque menos graves tampoco son aceptables los groseros insultos que últimamente se dedican sus señorías, mostrando muy poco señorío). Portar un arma, aunque sea de limitada capacidad para infringir daño ajeno y no tener propósito de emplearla, es la antítesis del parlamentarismo; y en cierta manera nos recuerda los oscuros tiempos de la democracia mancillada, marcados con fuego real en el calendario (23 de febrero de 1981, por ejemplo, la última vez que se esgrimieron públicamente, y se dispararon, subfusiles y pistolas en la sede de la voluntad popular sita en la Carrera de San Jerónimo).
Y termino, las armas las carga el diablo y pueden causar el daño para el que han sido diseñadas aún en ausencia de la voluntad de su manipulador, y ese ha sido el caso. La experiencia debe sentar precedente, reforzar el control a la entrada de estos espacios públicos tan significativos y sancionar debidamente a los infractores.

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