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21 junio 2026 (1): Ceros patateros

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • hace 14 horas
  • 3 min de lectura

La Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) ha deparado en Bizkaia una desagradable sorpresa: la acumulación insospechada de ceros en el examen de euskera.

Los afectados argumentan que esa calificación mínima únicamente podría ser el resultado de dejar el examen en blanco, por lo que estiman que la tal calificación solo puede ser el producto de un error de vete a saber qué naturaleza, así que se proponen hacer un plantón colectivo y demandan repetir la prueba porque, además, parece que solo han recibido tamaño palo los alumnos de determinados centros, según se dice adscritos al modelo lingüístico A (enseñanza en castellano, teniendo el euskera como asignatura). Por su parte, los responsables de la criba insisten en que no han observado error alguno en el proceso evaluador y se han limitado a recordar la objetividad exquisita de la corrección y que los calificados con el número orondo pueden ejercer su derecho individual a la revisión de su ejercicio (contrariamente a esa primera declaración, creo de alguna manera ya se ha iniciado una revisión colectiva de los exámenes afectados tras la reunión de la EHU con el Gobierno Vasco por esta causa) y, si fuera preciso, a una segunda valoración que, si discrepara en más de dos puntos de la primera, podría incluso dar lugar a una tercera de oficio que resuelva definitivamente el conflicto.

Creo que, con independencia de los detalles de tamaño fiasco, lo que para mí queda claro es que, entre nuestros alumnos de bachillerato, los conocimientos medios de euskera, como desgraciadamente de varias otras asignaturas esenciales, van para abajo, al igual que los precios del petróleo, tras el aviso de la esperada firma de la paz entre los Estados Unidos e Irán.

Creo que a esa realidad contribuyen muchos factores, empecemos con los que afectan a la actitud cultural crecientemente distante de los discentes: el aumento entre los alumnos de la minoría extranjera (despreocupada de una lengua que, fuera de las reducidas dimensiones de nuestro país, no le es de utilidad para abrirse paso en la vida), el incremento de la proporción de autóctonos que también ven el futuro laboral fuera de nuestro ámbito geográfico, dada la terrible crisis de la industria transformadora del metal, la menguada contribución del euskera a la empleabilidad relativa de sus hablantes en una administración que, pese a precisar del reemplazo de numerosos baby boomers de inminente jubilación, puede saturar su capacidad de contratación con solo elevar al rango de funcionarios a sus numerosos contratados no numerarios, cuyos méritos acumulados los hacen prácticamente imbatibles en las correspondientes oposiciones...

Sigamos con el factor docente: la expansión del euskera de las últimas décadas ha involucrado la incorporación a la enseñanza de y en euskera de muchos euskaldun berriak (los que hablan vasco pero este no es su lengua madre; por cierto, yo mismo me encuentro entre ellos) que, perdónenme, en muchas ocasiones no cuentan con el dominio exigible del idioma en el que educan.

Continuemos con el entorno socio cultural: las redes sociales y, en general, la digitalización masiva, hacen un flaco favor a las lenguas minoritarias y/o minorizadas, porque la telemática y la informática se expresan mayoritariamente en los idiomas más globalizados: inglés, español y chino.

Y termino: como país unos y otros no hemos sabido compartir como propio de todos el patrimonio cultural que representa una lengua única. Quienes éramos hispanohablantes no hemos interiorizado suficientemente que, como vascos, el euskera es tan nuestro, y tan maravilloso tesoro cultural, como para los euskaldun zaharrak. Y estos últimos han visto en el euskera más un factor diferencial a su favor en el contexto de la vida diaria que una herramienta para profundizar en la consolidación de un proyecto de país único, por nuestro patrimonio común de valor universal. En ese sentido propongo que se intente dar un giro copernicano a la política lingüística de modo que no se sustente en estimular el interés de los hablantes sino en el placer de poder expresarse y comunicarse, oral o caligráficamente, mediante ese tesoro que, precisamente por mérito de quienes de verdad lo amaron, ha llegado hasta nosotros.

 
 
 

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