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7 junio 2026 (3): Algo está pasando en la estepa

  • Foto del escritor: Javier Garcia
    Javier Garcia
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

Algún medio de comunicación ha señalado esta semana que Rusia ha debido de retroceder en su conflicto con Ucrania por segundo mes consecutivo al tiempo que siguen produciéndose bombardeos ucranios sobre objetivos estratégicos muy alejados de sus fronteras. Con independencia de la componente propagandista de estas afirmaciones, que seguro que está ahí, lo que indefectiblemente significan estas novedades es que la ayuda occidental a Ucrania ha escalado unos cuantos peldaños.

Recordad, porque el bien informado debe tener memoria que, durante mucho tiempo, tanto los Estados Unidos como los miembros europeos de la OTAN se negaron a proporcionan a sus aliados ucranianos armas de largo alcance por temor a que el conflicto se agravara y extendiera en medida insoportable para todos.

Pues bien, parece que esas prudentes consideraciones han dejado de pesar en favor del intento de dar un vuelco a la contienda. Creo que es un error de apreciación de la realidad muy grave; con consecuencias especialmente funestas para el pueblo ucranio que, desde ya, va a estar sometido a un castigo aéreo muy superior en cantidad, calidad y frecuencia a lo que solía; y también, se hace preciso manifestarlo, con serio peligro de que todos los vecinos continentales corramos el riesgo de vernos involucrados y de que, en definitiva, hagamos de toda Europa un campo de batalla.

Voy a recurrir a un símil boxístico para explicar este disparate: imaginad que soy tan osado que decido responder a las amenazas, el golpe y el empellón de un mazado y camorrista veinteañero porque un amigo, que me acompaña, me proporciona un puño americano para defenderme. Crecido por la posesión de tal arma le arreo un sangriento guantazo en uno de sus pómulos. Desde luego que le hago daño, porque le causo una lacerante herida inciso-contusa, pero seguro que no abrigáis ninguna duda de que la respuesta me puede costar muy cara, porque si el agresor ya era fuerte, violento y peligroso como para intentar amedrentarme, sacudirme y empujarme con poca mayor razón que su superioridad física, imaginad poseído por la rabia desatada por el dolor. Siguiendo con la fábula, es posible que mi compadre del puño americano tenga más armas que proporcionarme y que crea que son más y mejores que las que porta nuestro ya común rival; así que, él y yo, sin baremar el riesgo de recibir ambos una soberana paliza, encarnizamos la disputa.

Al final de todo esto la pregunta del millón brilla con luz propia: ¿es justificable y, sobre todo, razonable, ofrecer el sacrificio desproporcionado de todo un pueblo para defender una causa que, por muy justa que parezca, es muy improbable que prospere? Que se lo pregunten a los familiares de los fallecidos, a los millares de heridos, a quienes han perdido su hogar, a los numerosos que han migrado para soslayar las penurias de la guerra o, simplemente, eludir su peligrosa movilización (por cierto, estos últimos tienen muy difícil su regreso a casa), y a los que vagan desesperados sin trabajo ni refugio; o a los demás ciudadanos europeos que, con independencia de que la razón esté del lado de nuestros gobiernos, algo deberíamos decir acerca de lo que nos parece correr el peligro de llegar al empleo de las armas de destrucción masiva contra un enemigo que cuenta con el segundo arsenal nuclear del globo.


 
 
 

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