23 agosto 2026 (1): Retorno a la educación clasista
- Javier Garcia

- hace 11 minutos
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Hubo, allá entre los años setenta del siglo pasado y los albores del presente milenio, un tiempo en el que la educación y, muy particularmente, la superior se mostró accesible a los sueños de los hijos de los obreros españoles. Pero estos últimos dejaron de así considerarse y sus vástagos, tal vez por la desclasada decisión de sus mayores, de contar con cierta igualdad de oportunidades.
Como todo lo que ahora tienen por guay del Paraguay los gurús de la macroeconomía, este giro reaccionario en el derecho al disfrute del patrimonio intelectual lo ha dirigido una iniciativa público-privada. Quiero decir que la primera piedra de este edificio de la inequidad lo pusieron las administraciones, reduciendo los recursos destinados al sostenimiento de las universidades de su competencia. Eso ha conllevado una disminución brutal de las plazas disponibles y la desaparición de especialidades y carreras enteras, particularmente de esas que molestan a la línea bien pensante conservadora.
Dadas las nuevas circunstancias, los jóvenes que quieren seguir estudios superiores deben valorar la posibilidad de matricularse en centros públicos, muy alejados de su residencia habitual, o en entidades educativas privadas. En ambos casos la "selectividad" la ejerce el coste; ya que el alojamiento fuera del hogar paterno tiene un precio desmesurado y no digamos nada el de seguir estudios en las ya numerosas y privadísimas universidades para ricos que se reparten por toda la geografía peninsular (carísimas en lo económico pero con el atractivo de que muchas son fletes en lo intelectual).
Sin embargo todo esto no es suficiente para las mentes perversas que nos dirigen, así que la privatización también está calando con gran éxito entre los centros de formación profesional, de modo que los perfiles más rentables y que mayores oportunidades de empleo, o autoempleo, muestran se ofertan por un nada módico precio.
Así que volvemos a los sosegados tiempos en los que el señorito conjuntaba adecuadamente su lustrosa indumentaria con su elevado perfil cultural; dejando los puestos de capataz y los buzos más nuevos para los más pelotas de los sometidos y los de peonaje y las prendas remendadas para los últimos de la fila, los más numerosos (todos estos sin que supieran hacer la "o" con un canuto, no vaya a ser que discutieran la "justísima" posición de sus amos, bendecidos por los méritos de sus ahítas billeteras).

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