11 octubre 2026 (3): Es mejor no narrar lo que no se puede maquillar

Las sobremesas y las tardes otoñales son largas y pobre la programación televisiva, así que en casa nos hemos enganchado a una serie sobre el larguísimo reinado de la que fue monarca europea por antonomasia.
Estoy convencido de que el tal producto audiovisual ha sido consensuado, en sus imágenes y guión, por los productores y la familia real involucrada. Así que la serie es mucho más un panegírico de la persona protagonista que un intento objetivo de abordar con espíritu crítico y obsesión por la verdad su larguísimo tiempo como jefa del estado. Con todo, las muchas horas de duración del producto y lo inevitable de incidir en los momentos más delicados de la historia contemporánea de su país, han descorrido ligeramente los visillos de la corrección para mostrar, a quien tenga un mínimo espíritu crítico y cierta capacidad de entender los mensajes crípticos, las costuras de una historia manifiestamente zurcida debido a sus notables "tomates".
Así, pese a quien le pese, las imágenes y los diálogos muestran que la jefatura del estado monárquico no es todo lo imparcial que presume (la coronada prefería las audiencias con los primeros ministros conservadores y un miembro de la familia real coqueteó con golpistas cuando no gobernaban los de su cuerda, aunque la conjura no se concretó en un intento viable de toma ilícita del poder ejecutivo), lo narrado también deja al descubierto las disensiones y las zancadillas entre los pertenecientes a la familia reinante que, como mínimo, hicieron de la existencia de bastantes miembros de ella unos seres infortunados y sufrientes, de la misma manera, el cuento edulcorado no puede evitar hacerse eco de las vidas desaforadas de algunos próximos a la monarca y de la pobre empatía de la institución con el pueblo, incluso ante circunstancias catastróficas. Así que lo único incuestionablemente bello del trono retratado lo constituyen las magníficas estancias de palacio y el patrimonio histórico artístico que lo adorna.
¡Ah, y lo más llamativo de todo ello!: esta serie para la tele muestra, más allá de toda duda posible, que los reyes europeos de todos los estados constituidos como monarquías pertenecían, y pertenecen, a prácticamente la misma familia (se comprueba a nada que se rebusque entre los nexos de sus ancestros), poniendo en tela de juicio el supuesto patriotismo de tal multinacional de las coronas.
Así que la institución monárquica no es en modo alguno superior a la republicana, y si el sufragio universal no puede evitar el acceso a la más alta magistratura del estado de un perverso o de un totalitario, mucho menos se le puede suponer tal virtud a los mecanismos hereditarios (al menos a un presidente indecente se le puede remover de su cargo).

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